El dolor que nadie ve o el dolor que duele en el espejo de dentro

Un cuerpo hermoso a los ojos de los demás. Un vacío interior. La “forma” idealizada publicada en las redes sociales. Un coste emocional inconmensurable.
Los trastornos alimentarios son ejemplos extremos de este sufrimiento, pero el dolor relacionado con la imagen corporal va mucho más allá del diagnóstico. Puede aparecer en la vergüenza de llevar determinada ropa, en el miedo a ser fotografiado, en la culpa al comer, en la comparación constante con otras personas o en el sentimiento de que el propio valor depende de la apariencia.
A menudo, el intento de controlar el cuerpo o la dieta no surge de una preocupación genuina por la salud, sino como una forma de lidiar con emociones difíciles. La ansiedad, la inseguridad, el miedo al rechazo, los sentimientos de insuficiencia y la necesidad de pertenecer pueden convertirse en reglas rígidas sobre qué comer, cuánto pesar o cómo debe verse el cuerpo.
Las terapias contextuales nos ayudan a comprender que el sufrimiento humano no ocurre de forma aislada dentro de la persona. Se construye sobre las historias que vivimos, los mensajes que recibimos y los significados que aprendemos a lo largo de la vida. Cuando crecemos escuchando que ciertos cuerpos son más valiosos, más bellos o más dignos de admiración, es natural que estas ideas influyan en la forma en que nos vemos a nosotros mismos.
El problema surge cuando empezamos a organizar nuestra vida en torno a intentar eliminar malestares internos cambiando nuestro cuerpo. En este proceso, la búsqueda de aceptación puede convertirse en encarcelamiento. La vida se hace más pequeña: evitamos situaciones sociales, posponemos proyectos, dejamos de disfrutar de momentos importantes y empezamos a creer que sólo podremos vivir plenamente cuando alcancemos un determinado peso o apariencia.
Uno de los aportes más importantes de las terapias contextuales es recordar que no tenemos control sobre la presencia del dolor y el malestar y que son parte de la experiencia humana. La cuestión no es eliminar los pensamientos de autocrítica o inseguridad, sino aprender a no dejar que definan quiénes somos y las decisiones que tomamos.
Esto significa construir una relación más flexible con la comida, más compasiva con el cuerpo y más conectada con lo que realmente importa. Significa reconocer que un pensamiento como “mi cuerpo no es lo suficientemente bueno” es sólo un pensamiento, no una verdad absoluta. Y que nuestras vidas pueden estar guiadas por valores más amplios que la apariencia: afecto, salud, conexión, aprendizaje, propósito, diversión, autonomía.
La concientización sobre los trastornos alimentarios y la imagen corporal no es solo una invitación a identificar signos de angustia. También es una invitación a cuestionar la cultura que nos enseña a medir nuestro valor por la apariencia.
Tal vez podamos empezar haciendo preguntas diferentes. En lugar de preguntarnos si nuestro cuerpo se acerca a un ideal, podemos preguntarnos: “¿Esta forma de relacionarme con mi cuerpo me está ayudando a vivir la vida que quiero?” En lugar de buscar la perfección, podemos buscar la presencia. En lugar de librar una batalla con nuestro cuerpo, podemos aprender a escucharlo y cuidarlo.
Porque, al fin y al cabo, el cuerpo no es un proyecto que deba corregirse constantemente. Es el lugar desde el que vivimos toda nuestra vida.
Y cada persona merece vivir esta vida con más libertad, dignidad y bondad hacia sí misma.
Quizás una de las reflexiones más importantes sea esta: ¿y si la energía que gastamos tratando de cambiar nuestro cuerpo pudiera dirigirse a vivir experiencias significativas, cultivar relaciones, desarrollar habilidades y cuidar nuestra salud de una manera más gentil?
Los cuerpos cambian a lo largo de la vida. No el valor de una persona.
Que construyamos una cultura en la que el cuidado sea más importante que la apariencia, y en la que la salud también incluya la libertad de vivir sin estar en guerra con el propio cuerpo.
Por Martha Wallig Brusius Ludwig.

